En tiempos recientes, ha habido un marcado cambio en las discusiones sobre inteligencia artificial (IA) entre los líderes corporativos. Tradicionalmente, las charlas se centraban en el potencial transformador de la IA, abordando temas como la inminente pérdida de empleos, las complejidades de la ingeniería de prompts y la automatización de funciones de marketing. Sin embargo, ha surgido una nueva ola de preguntas, reflejando una creciente preocupación por la efectividad de las implementaciones de IA. Los ejecutivos ahora están formulando preguntas directas: ¿Qué ha salido mal? ¿Dónde están los aumentos de productividad anticipados?
El problema subyacente, a menudo pasado por alto, no es uno de fracaso tecnológico o falta de personal capacitado. Más bien, proviene de un desajuste fundamental dentro de las organizaciones respecto a la integración de la IA. Muchas empresas están intentando incorporar sistemas de IA en marcos operativos obsoletos que fueron diseñados para la era industrial. Los valores y objetivos que rigen estas organizaciones no están alineados con el potencial innovador que ofrece la IA.
Un estudio de Microsoft subraya este fenómeno, revelando que solo una cuarta parte de las iniciativas de IA ha producido los retornos esperados en los últimos tres años. Figuras prominentes de la comunidad tecnológica, como Gary Marcus, han criticado las expectativas hiperbólicas en torno a los modelos de lenguaje grandes, enfatizando que el verdadero desafío radica no en las capacidades de la IA, sino en que las organizaciones no adoptan un enfoque centrado en el ser humano hacia la tecnología.
Esta perspectiva ha sido articulada como "el Sistema Operativo Humano" por un colaborador en el ámbito de la IA. La premisa es que las empresas están intentando integrar la IA en flujos de trabajo existentes sin ir más allá de paradigmas obsoletos. En lugar de simplemente capacitar a los empleados para interactuar con las herramientas de IA o experimentar con contenido generado por IA, las empresas necesitan reestructurar fundamentalmente sus estructuras organizativas para aprovechar nuevas oportunidades de manera efectiva.
Adoptar este cambio no implica una revisión puramente tecnológica; más bien, requiere un enfoque innovador hacia la dinámica laboral. Reflexione sobre cómo las instituciones tradicionales, como los bancos y las tiendas de abarrotes, han diseñado sus sistemas. Sus operaciones evolucionaron para facilitar las interacciones y necesidades humanas, incorporando la eficiencia y la efectividad en su núcleo.
Contrastemos esto con la mentalidad prevalente de la era industrial, que priorizaba la eficiencia sobre la experiencia humana. La línea de ensamblaje y los entornos laborales genéricos redujeron a las personas a meros componentes de una máquina más grande, esforzándose por la uniformidad en lugar de fomentar la creatividad o la participación. Tales sistemas a menudo socavaron el valor humano, alentando la sustitución de mano de obra calificada por opciones de trabajo más baratas.
Al transitar hacia un futuro integrado con IA, las organizaciones deben dar prioridad a rediseñar los lugares de trabajo para elevar la humanidad dentro de sus marcos operativos. Ya no es suficiente implementar herramientas; las empresas deberían cultivar entornos que permitan la colaboración y el crecimiento junto a los avances tecnológicos. Solo alineando estas nuevas oportunidades con las necesidades y aspiraciones de las personas, las empresas pueden esperar presenciar los sustanciales aumentos de productividad que la IA promete.





